El recuerdo ya está hecho retazos desgajados, tiempo que grita y se desdibuja en esta estancia maldita, la antesala inconfundible de lo que fue mi condena. En aquel entonces habían pasado unos veinte junios, lapso que aproveché para estudiar en profundidad la marcada simetría de la habitación, en un vago intento no solo de descubrir a mi captora, sino también de aplacar el estrés que para ella era mi presencia y así volver más llevadera la convivencia entre ambos. Estaba dividida por un muro que cortaba exactamente en la mitad, dispuesto de tal forma que cualquiera pensaría que ahí termina la estancia. Como a la altura del torso estaba colocado un cristal finísimo y de marco ornamentado, presidido desde el suelo por un bifé de pino añoso y extenuado. La habitación carecía de ventanas, apenas se dejaba iluminar por las lámparas colocadas de a par que venían desde el otro lado hasta el muro y que luego se repetían simétricas de este lado. La carencia de luz en su naturaleza discreta se compensaba con espacio de sobra, que se advertía mayor por el cristal que permitía examinar el otro lado y daba la impresión de que el espacio rebotaba hasta duplicarse.
El resto del mobiliario cambiaba ocasionalmente. A discreción del doctor se ponían o retiraban todo tipo de elementos: los sillones de cuero, las bombillas de las lámparas, los cuadros de las paredes. El cambio lo efectuaba primero de su lado de la estancia y por gracia maquinal se repetía en el mío. Hubo incluso un tiempo en que alteraba bastante la biblioteca, lo cual hacía más pasajeros los minutos e incluso me infundía cierto entusiasmo infantil. Sin embargo, dado el orden en que se efectuaba el reemplazo de los textos, los libros que quedaban de este lado se guardaban en un lenguaje inverso y cifrado. Me tomó un par de años aprender a leerlo, tuve que primero despojarme de mi idioma anticuado para la realidad de la estancia, hasta que por fin comprendí sin mayor esfuerzo el proemio de lo que creo era una biblia anglicana. Lastimosamente la experiencia consecuente no fue tan amena como esperaba; los escritos se habían profanado al entrar de este lado de la habitación, por cuanto estaban dotados de un orden y un sentido únicamente lógico bajo la pesquisa de su lengua original.
Gradualmente fui perdiendo el recuerdo del mundo, de la existencia de las cosas más allá de la estancia y de todo lo que en algún lugar se alzaba libre de estas paredes. Mi primer instinto fue culpar a los libros corrompidos, pues creí que la única explicación era que había abandonado el verbo que rige fuera del cuarto y que por tanto había desentendido la naturaleza del mundo ulterior. Pero pronto lo descarté. Hacia el primer lustro ya no me quedaba ningún vestigio del exterior, sino que el conjunto había sido consumido por la humareda amnésica cuyo dominio comenzaba a extenderse hacia mi encierro.
Primero sucumbieron los libros. Su contenido cayó presa del terrible avance e inconscientemente me vi obligado a seleccionar repetidos textos de la biblioteca. Habrían sido un par de meses hasta que en mi ignorancia elegí una obra de pasta rígida y vetas carmesí, cuya geografía había llamado mi atención por su peculiar aire a miseria. Estribé mi cuerpo en uno de los sillones al tiempo que mis dedos invadían las páginas, ansiosos por desnudar las letras negras del papel pajizo, y con el movimiento levantaron una informe nubecilla de polvo gris. Rauda y escurridiza se fue colando entre las esquinas desprevenidas, disipándose hasta caer de nuevo entre los muebles y los cuadros, sucumbiendo en un vaivén hermosísimo de colores amargos y sabores narcisos. Volví la vista hacia la simetría de la habitación y ella se retorció ante el espectáculo. Los dos habíamos sido condenados a complementarnos: el lugar en que era imposible retener los recuerdos por cuenta propia y el condenado que precisaba despojarse del diagnóstico. Bajé la cabeza enlutado por mis memorias esparcidas entre la fragilidad de la estancia, al tiempo que la primera página del libro asomaba aquel proemio tan familiar de la biblia anglicana. Entonces lo entendí.
Después sucumbieron las personas. De a poco se fueron extraviando los nombres y los rostros de mis conocidos de antaño; algunos se quedaron en el polvo junto con los libros, mientras que otros se escondieron tras los cuadros o se incineraron en las bombillas. En un momento dado solo me pertenecía el rostro mío y del doctor, los demás habían sido reclamados por la estancia.
El doctor vivía del otro lado del muro. Con frecuencia se quedaba de pie frente al cristal durante horas y yo estaba llamado a hacer lo mismo, mientras me examinaba con esa mirada inquisitiva que me era tan repulsiva. A veces se atrevía a darme su concepto: decía que me estaba mejorando, que saldría adelante, que podía afrontar la vida y que pronto iba a curar mi enfermedad. Fue por eso que me encerró, aunque tampoco recuerdo si fue él quien brindó mi diagnóstico en primer lugar, o si tan siquiera era doctor. Quizá por eso lo odiaba. Lo supuse así durante el tercer lustro, cuando me había invadido el miedo de perder la razón de mi condena y tener que soportarme eternamente hundido en la más horrible ineptitud. Estuve repasando una y otra vez el día de mi sentencia, obligué a mi memoria a volver al lugar y entre el dolor de mi destino y el grito ahogado en mi garganta revivía ese momento. De pronto aparecía mi madre sin rostro y desconsolada, a su lado el doctor siempre de espaldas, con las manos trémulas y las piernas al borde del colapso. Ella le preguntaba entre el jadeo del llanto cuál era mi problema, moviéndole el brazo con una mano y con la otra el pañuelo colgando. Volvía e interrogaba acongojada, primero suave y luego con gritos de alerta, hasta que el doctor se dejaba recomponer de su estupor y le respondía inútil “miedo”.
Yo no estoy enfermo, lo sé bien y lo sabía entonces, por eso tuve la certeza que debía escapar. El primer intento fue obvio: tal como del otro lado del muro había una puerta que permitía la salida, aquí también había una. Había examinado la que estaba a mi disposición durante los primeros meses, pero nunca me había sentido capaz de abrirla. Su madera intacta de denso marrón y picaporte dorado era un deleite a la vista, como llamando a mantenerla cerrada para no perturbar su belleza. La pintura siempre se mantenía igual de pura, por más que ante ella chocaban todos los recuerdos en busca de un lugar donde asentarse. Era lo único que amaba. Por momentos su rigidez la aparentaba fija en el muro, pero al acercarse se percibía el espacio mínimo entre el marco y el cuerpo. Las ocasiones en que el doctor se presentaba yo aprovechaba para desviar un par de grados la vista, de modo que para él fuese imperceptible, y me ponía a ver lo que había tras la puerta de su lado. Nunca se distinguían bien las cosas con claridad de ese zaguán contiguo, apenas había denotado lo que parecían ser los robustos escalones de una escalera tallada, que subía hasta un punto ajeno a mi presencia. En una ocasión me ganó el instinto y en un brinco me cuadré frente al umbral. Tomé con cautela la perilla y la bajé hasta la mitad, pero luego sentí que me invadía un profundo frío que escapaba por el espacio de debajo hasta la estancia. Sin soltar la perilla me incliné hacia atrás y miré a través del cristal hasta el otro lado. La puerta del doctor estaba cerrada, pero noté que en su espacio se asomaba un pequeño rayo de luz que provenía del zaguán. Bajé la cabeza y aterrado vi que la mía estaba totalmente oscura. Desistí de inmediato, pues supe entonces que este lado de la habitación no había creado la desembocadura.
Para el cuarto lustro había agotado todas las posibilidades de escape que pudiese ejecutar de mi lado de la estancia. Teoricé entonces la posibilidad de cruzar el cristal y fugarme inadvertido una madrugada cualquiera, pero pronto la idea se deformó en complicaciones sustanciales, como lo era la distribución del todo tras el zaguán que me era tan desconocida. Intenté entonces forzar el recuerdo de la ruta que seguía más allá de la puerta del doctor. Estuve buscando durante días entre las brechas polvorientas algún retazo de remembranza, a fin de obtener aunque fuese una vaga perturbación del orden exterior.
En una de mis pesquisas asalté la biblioteca y comencé a abrir los libros en un fervor desaforado. Asimilaba apuradamente los recuerdos que desprendía el polvo de sus páginas y los tiraba a un lado, hasta que en la carrera un singular libro cayó de quién sabe qué estantería, y a diferencia de los demás estaba perfectamente conservado. Me dispuse a examinarlo y su fisionomía me reveló que no se trataba de un libro, sino de un cuaderno. Su interior estaba garabateado y lleno de apuntes que desconocían todo orden lineal, sino que se incorporaban en un despliegue accidentado y volátil de ira desencadenada. Tan pronto comencé a leer quedé ensimismado en una mezcolanza de sorpresa y lástima; me infundía a mí mismo en cada párrafo, en cada palabra y en cada sílaba, que se reflejaban en mi ser como algo tan consabido y a su vez impropio. Era el compendio de mi vida, de todas las cosas y todas las personas que había experimentado, y que se venían desligando de mí desde el primer instante en que fui echado a la estancia. Pero conocerlo no me animaba, sino que lloraba desconsoladamente porque cada acontecimiento narrado estaba terriblemente tergiversado en su jerarquía semántica, a un punto en que yo mismo me llegué a despreciar por ser protagonista. El fuerte olor a sufrimiento que desprendían sus páginas me hizo reconocer la letra de inmediato. Salté todas las hojas en retroceso prescindiendo las penas, hasta que llegué al comienzo y me entumecí al verlo firmado por el altivo e insigne nombre del doctor.
Lloré no solo por mí, sino por la estancia, porque todos esos años la había maldito como mi captora cuando ella era también víctima del otro, de su naturaleza inquisitiva, de sus ansias de despojo. Ahora sabíamos que no estábamos llamados a escapar, sino a retribuir con justicia la criminación impuesta. El doctor se apareció tenso y agobiado momentos después y gritaba frente al cristal exigiendo mi presencia. Yo me compuse con la ira agazapada en el pecho y me mostré ante él. Vi mis ojos, pero no su imagen rutilante en los suyos, sino los míos arrebatados e impuestos con soberbia en su cuerpo, despojados de mi propiedad y subyugados a un crimen. Insistió que era necesario curarme, que no había otra forma conocida, mencionó la enfermedad inventada y se atribuyó ser la respuesta, pero no atendí a sus acusaciones. Supe lo que debía hacer. Me puse de pie sobre el bifé y crucé el cristal del espejo. Acerqué firme la mano del puñal, con la perfecta silueta de su clavícula marcada en el filo de su rencor. Él temblaba mientras preparaba la lengua para escupir el temor primigenio, al tiempo en que recibía su suerte echada y yo me preparaba invocado a ejecutar. Solo espero que algún día pueda perdonarme.

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